Más cerca.
La dulce rebeldía adolescente.
Aspiré muy hondo y apreté fuerte. Estaba a oscuras, pero me entraba la luz de la lámpara led de la calle de refilón. Pensé que necesitaba un poco más y, con la mano izquierda, solté el aro y quedó clavado solo. Agarré el pote de plástico y me tiré alcohol en las manos, después un chorro en la lastimadura que me ardió como si tuviera una bala con fuego incrustada en la piel. Volví a apretar; me pareció que la punta afilada estaba a mitad de camino cuando mi viejo sacudió la puerta con un golpe, con mi vieja al lado chillando, pero no me importaba una mierda porque necesitaba brillar, necesitaba tenerlo, necesitaba estar igual que los demás porque no me podía quedar atrás, lo necesitaba en mi cara. Estaba a oscuras, pero brillaba, me sentía más cerca de ser genial, más cerca de ser linda, con esa joya dorada en la nariz a medio camino apreté la bolita hacia abajo; sentí con la yema del dedo gordo la piel de la nariz por adentro, todavía intacta, pero atacada por el palo enchapado de oro, que se incrustó más en la carne y ni siquiera me importó que el pómulo y la mejilla me empezaran a temblar sin que los estuviera moviendo: apreté más, moví el aro sobre sí mismo y el cosquilleo en la panza me hizo necesitarlo, la punta de lanza tenía que cruzar la barrera de la carne, mi carne, porque tenía que brillar como el oro de esa joya; entonces sentí el líquido caliente en el dedo, que me dio energía para el último esfuerzo que fue agacharme, apoyar la espalda en la cerámica de la pared y hacer fuerza y, por eso, apreté y ataqué la carne sana.
Y pasó. Y se cortó. Y brillé.
¡Espero que disfrutaras esta escena! La hice como una actividad para la facultad :)
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